Classroom aflame: Encountering the Great I Am in students

By Craig Bird

La version en español está disponible al final de este documento.

A solitary burning bush surrounded by desert tends to get noticed. Especially by lonely shepherds weary of looking at nothing but sheep.
Hundreds of flaming shrubs not so much. Especially in a world aswarm with distractions.
But a miracle is no less a miracle because it is present in multitude instead of isolation.
This semester I’ve been reminded once again that walking the halls of BUA might best be done barefoot. It is holy ground, a place where God repeatedly and consistently puts miracles in my path, challenges me to pay attention to what He is doing—and invites me to be part of His process.
Early morning is not a prime time for college students but last January, two dozen students signed up for Speech Communications, Tuesday-Thursday 8 a.m. I’m not always wide awake then either so it took a couple of weeks for me to notice the blazes all around me.
As they gave their self-eulogy speeches I got to know: a 77-year-old man who had buried his wife four months earlier; a 21-year-old woman married less than three months; two women who had met Christ through prison ministry; a young man who had prepared for ministry at a don’t-attract-attention seminary in his home country; and a political refugee from Myanmar/Burma who struggled with his accent because English was his ninth language.
Another young man shared about being adopted out of the cartel wars of Mexico as an eight-year-old and of his biological relatives still caught in the violence. Another young woman told how God had found her living under a bridge six months earlier and led her to BUA.
Hispanics, Anglos, African Americans, Asians. Raised in stable, Christ-centered homes. Born into shattered families.  Male and Female. Young, old and in between.  Single. Married. Engaged. Widowed. Single moms. New in the faith. Wizened in the faith. Championing the faith. Questioning the faith.
Twenty-four unique individuals all made in the image of God. Twenty-four miracles-in-process, throwing off sparks and calling for their professors to fan the flames of their minds and souls.
Jesus said God expects much from people who have received much. Paul points out that teachers will be judged on how faithful they were to their tasks. (I remind every class that, Biblically speaking, my final exam will be tougher than theirs.) I regularly thank God for letting me be part of the BUA faculty. I have been given much.
No wonder Moses was scared. I am too. 
Recently another scripture has come alive for me as I prepare for Speech class. As we talked about speaker’s anxiety, compassionate listening, research methods and audience analysis, this took up residence in my mind:
Therefore, since we are surrounded by such a great cloud of witnesses, let us throw off everything that hinders and the sin that so easily entangles. And let us run with perseverance the race marked out for us. Heb. 12:1 (NIV)
I’ve always been comfortable with the dominant interpretation that the great cloud consists of the spirits of those who labored long and well in their God-called tasks—often suffering for the privilege—cheering us on in our life’s race. We draw strength and inspiration from their examples.
That still sounds right.
But I’ve begun to see our students as another cloud. Surrounding me are active and avid spectators as I run my race as a teacher. They are investing time and energy and interest in what I say and do. What they learn about Speech Communications—at least as college students– and how to use those skills as Christian serving leaders, they will mostly learn from me.
If I do my job as unto the Lord then God can bless that.
But when I mail it in, when I don’t study enough, prepare enough, pray enough, then I can’t run the race of my calling the way God intends. They are witnesses, every Tuesday and Thursday at 8 a.m. of my dedication—or lack thereof—to being true to my professed name of Christian.
I must confess I’ve long been intrigued with the burning bushes that appear in our lives, how at times we ignore them, at times we embrace them. But our response, or lack thereof, doesn’t change the nature of the fire calling to us.
Almost 50 years ago, I wrote on the inside cover of my Bible a passage from Elizabeth Barrett Browning’s poem “Aurora Leigh:”
Earth’s crammed with heaven,
And every common bush afire with God;
But only he who sees, takes off his shoes,
The rest sit round it and pluck blackberries
That has proved true. God shows up to remind me that He is, that he has called me to Holy places to do what he gifted and prepared me to do.
And when I turn aside from my business-as-usual rush to confront and consider and interact with the burning bushes at the classroom desk, I pray I never lose the sense of wonder when I see the flame of the Great I Am in their hearts and minds.
I like blueberries. But I love and need the burning bushes in my classes.

wilderness point mug

Craig Bird is Assistant Professor of Missions and Cross Cultural Communications.

La version en español está disponible aqui

Salón de clase en llamas: Encuentro con el Gran Yo Soy en los/as estudiantes

Por Craig Bird

Traducido por Patricia Gómez

Una solitaria zarza ardiente rodeada por el desierto tiende a llamar la atención, especialmente de pastores solitarios y cansados de no ver más que ovejas.
Cientos de arbustos en llamas quizá no tanto, especialmente en un mundo lleno de distracciones.
Pero un milagro no es menos milagro porque se presente en medio de una multitud y no como un evento aislado.
Este semestre el Señor me ha recordado una vez más que debería recorrer los pasillos de BUA descalzo. Es tierra santa, un lugar donde Dios me muestra repetida y constantemente milagros a mi paso; me reta a poner atención a lo que está haciendo, y me invita a ser parte de su proceso.
Temprano por la mañana no es la hora predilecta de los/as estudiantes de universidad, pero este pasado mes de enero dos docenas de estudiantes se inscribieron en la clase de Comunicación Oral los martes y jueves a las 8 a. m. Yo tampoco estoy completamente despierto a esa hora, de modo que me tomó un par de semanas darme cuenta de las llamaradas de fuego a mi alrededor.
Mientras los/as estudiantes presentaban oralmente sus propias elegías, escuché de un hombre de 77 años que había sepultado a su esposa hacía cuatro meses; de una mujer de 21 años que había estado casada menos de tres meses; de dos mujeres que conocieron de Jesucristo a través de un ministerio en la prisión; de un joven que se había preparado para el ministerio en un seminario en su país en donde es peligroso vivir el cristianismo, y de un refugiado político de Myanmar que tenía dificultad con su acento porque el inglés era su noveno idioma.
Otro joven compartió que fue adoptado a fin de ayudarlo a escapar de las guerras entre carteles en México a la edad de 8 años, y que sus parientes biológicos todavía están atrapados en la violencia. Una joven nos dijo cómo Dios la había alcanzado cuando vivía debajo de un puente hacía seis meses y la había guiado a BUA.
Gente hispana, anglosajona, afroamericana, asiática. Criada en hogares estables donde el centro es Cristo. Nacida en familias disfuncionales. Hombres y mujeres. Personas jóvenes y adultas. Solteras, casadas, y comprometidas. Gente viuda, madres solteras. Personas nuevas en el evangelio. Con una fe apagada. Con una fe firme. Con una fe llena de interrogantes.
Veinticuatro personas únicas hechas a la imagen de Dios. Veinticuatro milagros en proceso, lanzando chispas y pidiéndole a sus profesores/as que aviven el fuego de sus mentes y almas.
Jesús dijo que Dios esperaba mucho de las personas que han recibido mucho. Pablo resaltó que los maestros serán juzgados de acuerdo a qué tan fieles fueron en su trabajo. (Le digo a cada una de mis clases que, hablando bíblicamente, mi examen final va a ser más difícil que el de ellos/as). A menudo le doy gracias a Dios por permitirme ser parte del profesorado de BUA. Se me ha dado mucho.
Con razón Moisés tuvo miedo. A mi también me da miedo.
Recientemente otro pasaje de la Biblia se hizo realidad en mi vida mientras me preparaba para mi clase de Oratoria. Mientras hablábamos de los nervios que siente la persona oradora, del ser una audiencia compasiva, de los métodos de investigación y del análisis de la audiencia, lo siguiente vino a mi mente:

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante. Hebreos 12:1 (RV60)

Siempre he estado de acuerdo con la interpretación predominante de que la gran nube se refiere a los espíritus de quienes trabajaron por largo tiempo y bien, en las obras a las que Dios les llamó —a menudo sufriendo por ese privilegio— y que nos animan en la carrera de nuestras propias vidas. Sus ejemplos nos dan fortaleza y nos inspiran.
Esa interpretación aún hoy suena bien.
Pero he comenzado a ver a nuestros/as estudiantes como otra nube. Me rodean y son espectadores activos/as y entusiastas en mi carrera como maestro. Invierten tiempo, energía e interés en lo que digo y hago. Lo que aprenden sobre Comunicación Oral –al menos como estudiantes —y cómo usar esas habilidades como líderes serviciales en el cristianismo, lo aprenderán mayormente de mí.
Si hago mi trabajo como si lo estuviera haciendo para el Señor, Dios lo puede bendecir.
Pero cuando pierdo el interés a mitad del semestre, cuando no estudio, no me preparo y no oro lo suficiente, entonces no puedo correr la carrera de mi llamado de la manera que Dios lo desea. Estos/as estudiantes son testigos/as cada martes y jueves a las 8 a. m. de mi dedicación –o la falta de ella—a ser fiel a mi profesión cristiana.
Debo confesar que por mucho tiempo me han intrigado las zarzas en llamas que aparecen en nuestras vidas; a veces las ignoramos, otras veces las recibimos con los brazos abiertos. Sin embargo, nuestra respuesta, o falta de ella, no cambia la naturaleza del ardiente llamado a nuestras vidas.
Hace 50 años, escribí en el interior de la portada de mi Biblia un pasaje del poema “Aurora Leigh” de Elizabeth Barrett Browing:
La tierra está apiñada por los cielos,
y cada zarza común se enciende con Dios;
mas solo aquel que ve, se quita su calzado,
el resto se sienta a su alrededor y corta zarzamoras
 Este pasaje ha probado ser cierto. Dios se revela para recordarme que Él es, que él me ha llamado a lugares santos a hacer lo que él me ha dotado y preparado para hacer.
 Y cuando dejo a un lado mi prisa de cada día para confrontar, considerar e interactuar con las zarzas ardientes desde mi escritorio en el salón de clases, oro por nunca perder el sentido de asombro cuando vea la llama del Gran Yo Soy en sus corazones y mentes.
 Me gustan las zarzamoras, pero me deleito y necesito las zarzas ardientes en mis clases.

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 Craig Bird es Profesor Asistente de Comunicaciones Interculturales y Misiones.

Esta traducción es posible gracias al Departamento de Lenguas Modernas de la Universidad Bautista de las Américas.

 

 

 

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